jueves, 3 de marzo de 2016

QUE EL DERECHO DE FAMILIA NO NOS QUITE NI UNA VIDA MÁS


Hoy un padre se ha suicidado. El sistema lo ha empujado a ello. 

Parece una afirmación hecha a la ligera pero no lo es. 

Castigado por el sistema judicial, tras el divorcio José Miguel perdió su casa y a sus 40 años tuvo que volver a vivir con sus padres. Y por supuesto la bendita crisis tampoco ayudó. No hace falta decir lo difícil que es encontrar trabajo para un varón de 40 años, sin cualificación profesional ni más experiencia que la de trabajar en la obra desde la adolescencia. 

Saltando de un empleo precario a otro, además tuvo que lidiar con la madre de su hija, que le prometió "no descansar hasta quitarle lo que más le importaba". 

Durante años el régimen de visitas se desarrollaba con naturalidad y aunque el tiempo con la pequeña siempre le resultaba escaso, era la única vía de escape para este padre. Sin embargo, la madre solicita en el juzgado una modificación de medidas exigiendo la suspensión de las visitas en base a una serie de acusaciones que nunca llegaron a ser probadas. 

Antes de celebrar el juicio, sin haber exigido a la madre pruebas fehacientes de sus argumentos, ya la jueza está absolutamente predispuesta a favor de esta mujer. Nos plantea que o llegamos a un acuerdo o fijará las visitas en un punto de encuentro. Así, sin más, sin paños calientes. Sin haber escuchado a las partes, sin que se practicara prueba alguna. Saltándose todos las garantías del Derecho y prejuzgando el caso.

Para el que no sepa lo que es un punto de encuentro diré que es un lugar terrible para relacionarse con los niños, sobre todo si venimos de una relación normalizada. Se trata de una especie de guardería donde los padres que el sistema cree que no merecen más, pasan una hora escasa con sus hijos bajo la acusadora mirada de los cuidadores. 

Y precisamente eso era lo que quería José Miguel evitarle a su hija. El dolor de hacerla pasar por ahí, de explicarle ante su ingenua mirada por qué no puede seguir yendo a casa de papi, por qué ya no va a ver a los abuelos, por qué no pueden salir de alli a tomar un helado o a pasear, como han hecho siempre.

La lucha interna fue horrible. Y lo sé bien porque yo era su abogada y cada día me llamaba para contarme que había cambiado de opinión. Un día deseaba con toda su energía luchar por su hija hasta el final, y al siguiente sacaba fuerzas de donde no las tenía para sacrificarse por ella y renunciar a las visitas con tal de no hacerla pasar por ese duro trance. 

Cuando sea mayor lo entenderá, decía. Pero cuando Talía sea mayor, lo único que va a saber es que la vida la obligó a crecer sin su padre. Lo que nunca sabrá es que su madre se aprovechó de un sistema que la beneficiaba para tomarse una venganza personal y llevar al límite a este hombre. 

Este padre sucumbió a la presión. No encontró salida. El sistema judicial lo ahogó tanto que él acabó ahogándose a sí mismo. La madre de su hija logró arrancarle hasta la vida. Para que luego digan que el maltrato psicológico es violencia sobre la mujer. 

José Miguel no encontró fuerzas para seguir luchando contra un sistema injusto y nada igualitario. Pero nosotros debemos seguir haciéndolo por él. Los profesionales desde nuestros despachos, las madres y los padres desde las familias, y los ciudadanos en general, concienciandonos de que debemos exigir un Derecho de Familia igualitario y justo; que nos dé derechos y no nos quite más vidas.

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